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viernes, abril 01, 2011
INEXORABLE (A TUS OJOS)
a R.C.B.A.
A veces me pongo a pensar, cuando no tengo la suerte de contemplarte:
Hay un momento en la tarde en que parece eternizarse el universo, en un canto de belleza y poesía. Un instante cuando el sol cae, y parece que en su último estamento antes de sumergirse en el horizonte, lanza un último rayo con toda su fuerza, y todo lo bueno y hermoso de este mundo rebrilla con alegría, cantando, haciendo danzar el corazón, llenar de lágrimas el rostro.
Y miro entonces tus ojos, y me doy cuenta que en verdad, la belleza de aquél instante es porque lo miran tus ojos, porque tus ojos le dan la ternura exacta, lo perfeccionan, lo plenifican. Porque al lado de tus ojos, ese encanto es nada.
Y sonríes, y en tu risa se conjugan el fulgor del amanecer y la melancolía del anochecer, y si tus ojos, nuevamente tus ojos, no me miran, es como si mi mundo no existiera.
Y te contemplo y se me van las palabras, y no puedo decirte nada, porque nada que diga puede expresar lo que siento, ese amor que fluye como el Amazonas hacia el mar, pero que el estar cerca tuyo es como si tu gracia lo aplastara, y estoy mudo, y me digo que no puedo amarte más, pero mañana nuevamente es lo mismo, siento que mi amor por ti cada día crece mucho más, y maldigo la cobardía que hace que calle cuando debiera hablar, que no pueda expresarme cuando más lo deseo, cuando más debo, y así pasa el momento, y entonces te vas y la belleza del mundo es ceniza entre mis manos, y entonces anhelo el mañana en que te volveré a ver e imagino todo lo que diré cuando al fin no calle, pero es mentira, mañana me aturullaré nuevamente y mi destino gris seguirá así porque no me animo a exponerte mis sentimientos, a que me digas no o sí, aunque esto sea un verdadero milagro y sé que jamás de los jamases ocurrirá que me querrás como yo te amo, o que tan sólo me dejes amarte.
Pero no puedo, porque me deslumbras y me digo qué derecho tengo a prohibirme verte, contemplarte para siempre, a no compartir un café contigo, a perderme tu sonrisa, a cómo todo se ve más bello en el reflejo de tus ojos. Y opto por este caminar en tinieblas, a ser un pusilánime, pero conformarme con las migajas de ti, de tu mano en mi mano y mil palabras que nunca diré, hasta que alguien se anteponga ante tus ojos y te lleve con el aire y yo quede, como siempre, odiándome, anhelando el destino de la cucaracha que es aplastada apenas sale de su escondite, preguntándome porque cuando quiero el fin no llega, y cuando no lo anhele llegará.
Y así el ciclo, invariable, inexorable, real, eterno.
viernes, abril 02, 2010
PACTO CON UN DEMONIO
Moroni llegó al templo con muchas expectativas.
- Al fin, llegó el momento de recoger los frutos de una década de trabajo.
Aún así, tenía dudas de que su dueño estuviera presente, pero el olor a azufre en la entrada sur, por dónde él había ascendido, fue suficiente comprobación.
Una serie de antorchas encendidas le señaló el camino. El trayecto hacia el corazón del lugar sería intransitable si no.
En el centro de la caverna se hallaba el templo, escoltado a los costados por túneles que eran entradas para los pueblos ubicados al pie de la colina.
El templo recordaba las viejas estructuras arquitectónicas asirias, donde Satán tuvo gran preponderancia en tiempos de los cuales ahora solo nos llegan anécdotas distorsionadas por el paso de los años. Las escalinatas inferiores formaban un círculo que era a su vez la base de la satánica iglesia, de metro y medio de altura. Al finalizar, comenzaban escaleras que formaban un cuadrado, rodeando el templo. Sobre los extremos superiores de la misma se hallaban estatuas de ángeles que habían sido derrotados en alguna celestial batalla. Los vitrales no eran tales, sino signos con conjuros que sólo los demonios y algunos pocos hombres y otros seres inferiores iniciados podían entender. En la entrada del mismo, se encontraba parado Shaitán, poderoso entre los demonios, poco recomendable compañía entre los hombres.
- ¿Qué deseas, basura humana? -le espetó el demonio a Moroni apenas le vio.
- Oh, mi señor. Vengo a traerte las muestras de todas las cosas que he hecho en tu honor, con el fin de que me concedas un solo deseo, con el fin de mostrarte que me ha movido más el deseo de agradarte que el de obtener un beneficio propio.
Shaitán pensó que el humano era un humano demasiado humano, o sea, tremendamente estúpido, pero se dedicó a seguirle el juego.
- Oh, qué bien, querido humano. ¿Y qué me has traido?
- Pues, mira, aquí tengo muchas cosas, espera que abra el portafolio.
Riéndose por dentro, el demonio le indicó con un gesto al humano que se tomara su tiempo.
- Mira, aquí tengo la sangre de los bebés que he asesinado en su cuna, fueron unos quince. Por aquí tengo las personas que “por mala praxis” envenené dándoles remedios que no servían para nada o que podían causarles la muerte. Veinte, pongamos. Aquí recortes de periódicos de personas a las que difamé en mi columna semanal y que luego perdieron los demás confianza en ellas por haberme adornado yo de títulos que compré, frente a ellos que eran muy buenos profesionales pero que no tenían más que presentar que el miserable título de la universidad. Sesenta y siete fueron. Uf... Los empleados que hice despedir, quejándome de ellos sin razón. De estos no llevé cuenta porque fueron muchos. Fotos de chicas menores de quince años que violé para arruinarles la vida para siempre. Muchachos a los que inicié en la droga, para lo mismo que antes. Como verás, he ocupado mi tiempo en servirte. Ah, me olvidaba, también...
Shaitán pensó que aparte de estúpido estaba loco, cosa que no iban de la mano frecuentemente, pero algunos se esforzaban, como este humano. Le interrumpió:
- Bien, bien, ha sido tiempo bien aprovechado, por lo visto. Y bueno, has dicho que has hecho todo esto por pedirme un deseo. ¿Cuál es?
- Uno muy simple, y que tú con tu poder te será muy fácil cumplir, oh, mi señor.
“Uy, que no se arrodille”, pensó el demonio. “Odio cuando se arrodillan. Me dan ganas de decapitarlos ahí mismo”. Pero era tarde, ya Moroni se había arrodillado.
- Te pido, noble señor (“¿Noble señor, yo? ¿Éste sabe a quién vino a ver?”) que me libres de mis enemigos, todos esos que me molestan, los que opinan sobre mi trabajo, los que murmuran sobre mí, los que se tropiezan conmigo en la calle, los que me molestan fumando encerrados en una oficina, los que quieren quitarme mi trabajo, los que hacen que mi existencia no sea feliz y tranquila.
Aquí el demonio hizo un gesto de inteligencia. El tema le había interesado.
- A ver si te entendí, humano. ¿Lo que me pides es que nadie más cause en ti ningún tipo de incomodidad, que quienes te causan algún tipo de enfado no se encuentren más contigo?
- Sí, sí, eso. Que no me estorbe nadie más, que ninguno de ellos esté donde yo estoy. ¿Puedes hacerlo? Yo sé qué sí.
- Pues sí. Podríamos decir que básicamente me pides que tú y los demás no estén en este mismo plano de existencia.
- Sí, sí, tú los has dicho. Eso mismo es lo que te pido.
Por primera vez, Shaitán rió con una risa gutural que estremeció de miedo y terror a Moroni, pero se quedó quieto, no sea que se le notara.
- Ponte de pie, humano.
- Oh, sí, señor. ¿Así podré ver cómo usted realiza su acto?
Otra vez rió con ganas el demonio.
- No, así estás más cerca de mis garras -y con un golpe certero y veloz, le atravesó el corazón y lo mató, y de esa manera, Moroni pasó a otro punto de existencia y nunca más se cruzaría con todos esas personas que le fastidiaban.
Es lo que sucede cuando haces tratos con demonios. Nunca las cosas son tan simples ni tan claras como parecen. Siempre hay un engaño latente y letal en sus palabras.
- Al fin, llegó el momento de recoger los frutos de una década de trabajo.
Aún así, tenía dudas de que su dueño estuviera presente, pero el olor a azufre en la entrada sur, por dónde él había ascendido, fue suficiente comprobación.
Una serie de antorchas encendidas le señaló el camino. El trayecto hacia el corazón del lugar sería intransitable si no.
En el centro de la caverna se hallaba el templo, escoltado a los costados por túneles que eran entradas para los pueblos ubicados al pie de la colina.
El templo recordaba las viejas estructuras arquitectónicas asirias, donde Satán tuvo gran preponderancia en tiempos de los cuales ahora solo nos llegan anécdotas distorsionadas por el paso de los años. Las escalinatas inferiores formaban un círculo que era a su vez la base de la satánica iglesia, de metro y medio de altura. Al finalizar, comenzaban escaleras que formaban un cuadrado, rodeando el templo. Sobre los extremos superiores de la misma se hallaban estatuas de ángeles que habían sido derrotados en alguna celestial batalla. Los vitrales no eran tales, sino signos con conjuros que sólo los demonios y algunos pocos hombres y otros seres inferiores iniciados podían entender. En la entrada del mismo, se encontraba parado Shaitán, poderoso entre los demonios, poco recomendable compañía entre los hombres.
- ¿Qué deseas, basura humana? -le espetó el demonio a Moroni apenas le vio.
- Oh, mi señor. Vengo a traerte las muestras de todas las cosas que he hecho en tu honor, con el fin de que me concedas un solo deseo, con el fin de mostrarte que me ha movido más el deseo de agradarte que el de obtener un beneficio propio.
Shaitán pensó que el humano era un humano demasiado humano, o sea, tremendamente estúpido, pero se dedicó a seguirle el juego.
- Oh, qué bien, querido humano. ¿Y qué me has traido?
- Pues, mira, aquí tengo muchas cosas, espera que abra el portafolio.
Riéndose por dentro, el demonio le indicó con un gesto al humano que se tomara su tiempo.
- Mira, aquí tengo la sangre de los bebés que he asesinado en su cuna, fueron unos quince. Por aquí tengo las personas que “por mala praxis” envenené dándoles remedios que no servían para nada o que podían causarles la muerte. Veinte, pongamos. Aquí recortes de periódicos de personas a las que difamé en mi columna semanal y que luego perdieron los demás confianza en ellas por haberme adornado yo de títulos que compré, frente a ellos que eran muy buenos profesionales pero que no tenían más que presentar que el miserable título de la universidad. Sesenta y siete fueron. Uf... Los empleados que hice despedir, quejándome de ellos sin razón. De estos no llevé cuenta porque fueron muchos. Fotos de chicas menores de quince años que violé para arruinarles la vida para siempre. Muchachos a los que inicié en la droga, para lo mismo que antes. Como verás, he ocupado mi tiempo en servirte. Ah, me olvidaba, también...
Shaitán pensó que aparte de estúpido estaba loco, cosa que no iban de la mano frecuentemente, pero algunos se esforzaban, como este humano. Le interrumpió:
- Bien, bien, ha sido tiempo bien aprovechado, por lo visto. Y bueno, has dicho que has hecho todo esto por pedirme un deseo. ¿Cuál es?
- Uno muy simple, y que tú con tu poder te será muy fácil cumplir, oh, mi señor.
“Uy, que no se arrodille”, pensó el demonio. “Odio cuando se arrodillan. Me dan ganas de decapitarlos ahí mismo”. Pero era tarde, ya Moroni se había arrodillado.
- Te pido, noble señor (“¿Noble señor, yo? ¿Éste sabe a quién vino a ver?”) que me libres de mis enemigos, todos esos que me molestan, los que opinan sobre mi trabajo, los que murmuran sobre mí, los que se tropiezan conmigo en la calle, los que me molestan fumando encerrados en una oficina, los que quieren quitarme mi trabajo, los que hacen que mi existencia no sea feliz y tranquila.
Aquí el demonio hizo un gesto de inteligencia. El tema le había interesado.
- A ver si te entendí, humano. ¿Lo que me pides es que nadie más cause en ti ningún tipo de incomodidad, que quienes te causan algún tipo de enfado no se encuentren más contigo?
- Sí, sí, eso. Que no me estorbe nadie más, que ninguno de ellos esté donde yo estoy. ¿Puedes hacerlo? Yo sé qué sí.
- Pues sí. Podríamos decir que básicamente me pides que tú y los demás no estén en este mismo plano de existencia.
- Sí, sí, tú los has dicho. Eso mismo es lo que te pido.
Por primera vez, Shaitán rió con una risa gutural que estremeció de miedo y terror a Moroni, pero se quedó quieto, no sea que se le notara.
- Ponte de pie, humano.
- Oh, sí, señor. ¿Así podré ver cómo usted realiza su acto?
Otra vez rió con ganas el demonio.
- No, así estás más cerca de mis garras -y con un golpe certero y veloz, le atravesó el corazón y lo mató, y de esa manera, Moroni pasó a otro punto de existencia y nunca más se cruzaría con todos esas personas que le fastidiaban.
Es lo que sucede cuando haces tratos con demonios. Nunca las cosas son tan simples ni tan claras como parecen. Siempre hay un engaño latente y letal en sus palabras.
domingo, abril 12, 2009
TRISTEZA Y ALEGRÍA DEL ÑU
Tristeza del ñu
El ñu quiere entrar pero no lo dejan, destino triste de quién quiere huir de cacerías y matanzas pero en los países civilizados que explotan a los países que no lo son porque según sus varitas mágicas no alcanzan su nivel de alfabetización aunque nada dicen de lo que explotan a esos otros países y les conviene su analfabetismo y cómo ellos son los principales culpables de que pobres seres como nuestro ñu tenga que ir hasta ellos para pedir asilo.
El ñu no se amilana pero en todas partes le dicen que no porque nunca se le ha otorgado una visa a un ñu y vaya uno a saber cuántos ñus luego van a querer entrar y puede que se arme un tole tole y donde iremos a parar si se apaga Balderrama.
El ñu ya no puede hacer nada más y queda en un rincón con un sollozo ahogado que sube por su hocico y se queda ahí, justo a punto de convertirse en un gemido que dios quiera que no lo emita porque se asustarían las señoras bienpensantes y el obispo que predica la pobreza pero poco la practica, y entonces tendría que intervenir la guardia civil para apalear al pobre ñu a punto de emitir un sollozo pero que no lo ha emitido aunque la tristeza que le embarga por no dejarle entrar para escapar de las matanzas sea demasiado fuerte y se abandone allí mismo en la entrada de tan lujoso edificio dispuesto a dejarse morir.
Alegría del ñu
Pero a veces muy pocas veces aparece un hombre bondadoso que viendo al pobre ñu tirado en la calle le acaricia los cuernos y por qué no vienes conmigo pero el ñu no quiere porque tiene miedo y niega con la cabeza pero entonces el hombre le dice qué diferencia hay entre seguirme y ver si algo bueno pasa o tirarte acá total un último esfuerzo nunca pasa nada bueno pero bueno se dice el ñu y le sigue.
Allí caminan mucho y el ñu se maravilla de esas luces que alumbran sin echar humo a las que tan poca atención había prestado al llegar y nota maravillado que aunque sea esta caminata tuvo un sentido porque se siente extrañamente mejor y doblan en una esquina y van a un frente con un portón verde y llegamos.
Dentro hay una enorme extensión de tierra verde y una serie de animales que nunca esperaba encontrar y no se siente tan solo porque todos ellos están solos y qué será de su vida entonces y ve que si no hay nada para perder entonces pueden hacer algo solos y nunca hubiera pensado hacer amistad con un alce y un elefante africano y un ñacurutú y cuando llega la noche los halla a todos pastando y viviendo felices y viendo cómo el sol muere en el horizonte y entonces se van a dormir y el pobre ñu está alegre de haber encontrado un lugar fuera del mundo donde vivir en paz y cuando sueña sueña con una llanura verde y amplios bosques donde la manada con la que vivió desde niño está a su lado y junto con otros pequeños salen a correr y por primera vez en mucho tiempo se siente feliz.
lunes, marzo 30, 2009
MARZO DE 1992
Se cumplen diecisiete años desde la última vez que te vi. En esa época, era vernos y soñarnos juntos. Ignoro por qué, mientras viajábamos juntos en el ómnibus 132, te tomé de tu cintura por la espalda y te traje hacia mí, y te di un beso en el cuello, tratando de que tuviera la más grande ternura que pudiera sentir por ti.
Cuando nos despedimos y vos fuiste a la Facultad de Medicina y yo a la de Farmacia y Bioquímica, ¿sospechamos que esa imagen sonriéndonos por el pasillo, sería la última que veríamos de nosotros?
Hoy ignoro si estoy vivo o muerto, pero sí sé que sin ti, no tengo vida. Durante años te mantuve viva en cuentos, en historias, en novelas, en canciones, en pinturas. No podía pensarme si no te pensaba pero vos no estabas.
Esos muros infranqueables que levanta una historia que queda trunca entre dos personas, aún pueden más que yo. Y juro que hice de todo por volver. Le recé a cuanto dios o demonio me encontrara en el camino. Renegué de mí mismo y pedí el infierno si se me permitía volver el tiempo atrás y encontrarte otra vez.
Hasta en mis historias primero, en mis delirios después, me soñé inmortal, que podía viajar en el tiempo y rescatarte de entre las sombras, para no perderte, pero la Sabiduría a que estamos sometidos en este Universo nunca jamás permitió que eso sucediera.
Hoy camino con una gran tristeza en todo lo que hago, en todo lo que me pasa. Cada vez que cierro los ojos, ansío no despertar, para encontrarte, para estar contigo. No hay nada peor que amar a un fantasma, a alguien que nunca se corporizará, que nunca estará otra vez con nosotros.
Y así mis días transcurren, anodinos, tristes. Esperando que este día sea el último, que esa persona que veo sea la última que veo, que este viaje en colectivo o en subte sea la última molestia que me tome, que este amigo o amiga con quién me encuentro sea el último con quién tome algo.
Pero Dios tiene otros planes, parece. Sin embargo, ¿por qué, a pesar de insistir todo el tiempo en librarme de pensamientos negativos, de pensar positivamente, de salir de mi encierro... no me ayuda, no me inspira, no me hace salir de este pozo?
Porque vivir así no es vida, y si no hago algo para remediar eso es tan sólo porque creo que esta existencia tiene un sentido oculto, algo que no alcanzo a ver, quizá de tanta tristeza en mi mirada que me hace no ver algo más allá de todo lo que me rodea, lo que me acontece, la pena que camina conmigo.
Evito los lugares donde hemos estado juntos, aquellos que aún guardan tu risa o tus lágrimas de alegría, un rastro de tu sombra mezclándose con la de los árboles, en una calle al lado de la cancha de golf de San Antonio de Padua. Y el 132 creo que lo he tomado solo cuatro o cinco veces desde 1992. Y aún así suspiro pensando en ti.
Como si los milagros fuesen posibles (milagros de verdad, no los que la gente llama habitualmente milagros) y pudiera suceder que te viera caminar por la calle, con tu pelo corto teñido de rojo, con esa mirada ácida cuando algo no te gustaba y amorosa y comprensiva frente al tonto que era y soy yo.
A lo mejor en este día de sol, saldríamos a tomar un helado en la plaza o sentarnos y besarnos, y nuevamente, como ya lo sabía en ese entonces, que sin ti no hay para mí vida posible.
miércoles, marzo 25, 2009
UNA HISTORIA DE AMOR QUE NO HARÁ ESCUELA (II)
En un lado, de otro. No acierta a saber donde ubicarse.
No hay contradicciones en él, porque ellas son él. Le definen. Y ella.
Ella sabe qué quiere, mira por dónde va, tiene un futuro asegurado, el que le proporciona su propio esfuerzo.
Él la mira y la ve tan distinta, tan aplomada, tan firme, que no puede menos que enamorarse, por contrapuestos, de ella. Pero amándola, la endiosa también, porque esa misma diferencia la hace inalcanzable.
Aunque sueña, sabe que ella nunca lo amará. Tan distintos son.
Curioso destino al que se entrega, mansamente, sin pensarlo, sin quererlo, inocente, estúpidamente feliz.
En un futuro no muy lejano renegará de su amor, de haberla querido, por causa de esas extrañas circunstancias que acontecen a los humanos, que ciertas cosas que parecen imposibles, suceden. Y ella le dirá todo lo que piensa, largará los disgustos que la forma de ser de él le ocasionaba, su inseguridad, sus dudas, que aunque nunca dudaron de ella, siempre dudaron de la relación en sí, nunca se transformó en una apuesta cierta.
Y él se resentirá, y dirá que ella le engañó, y que todo fue siempre una mentira, y que tuvo razón en no creer en la relación porque esta no existía. Que ella siempre pensó en otros, que siempre comparaba con novios anteriores o futuros, y que eso invalidaba cualquier cosa que pudiera ella decir a favor de ellos dos como pareja.
Y algo que como milagro aconteció, se derrumbará, dejándolos tristes a ambos, con distintos tipos de rencores, ella sabiendo que su carrera y su vida es lo que más importa, y que las personas siempre serán pasajeras, porque como dice el dicho, si algo quiere uno que salga bien, debe hacerlo uno mismo, y en una relación eso es imposible, porque depende de los dos, se quiera o no.
Y él dirá que todos lo han engañado, y que apostar al amor es de tontos, y creerá aún menos en él, y se encerrará en sí mismo, y cada vez menos se relacionará con nadie.
Y así, de un hecho que pudo haber iluminado la vida de ambos, por orgullo y estupideces propias, se perderá para siempre, y en lugar de ser un faro que les ilumine de aquí en adelante, sólo quedará el recuerdo de un sendero doloroso y oscuro, que nunca se volverá a transitar.
domingo, febrero 08, 2009
EL HOMBRE Y EL RÍO
El hombre estaba cansado de su largo viaje. Entró al bosque por instinto.
Se arrodilló al lado del río que corría entre los árboles, añosos, antiguos. Tomó de su agua. Recogió entre sus manos algo de agua y se la hechó en la cabeza, para refrescarse.
De pronto, se miró en el río. El agua estaba casi quieta, por lo que su reflejo, aunque no perfecto, le permitía mirarse. Se reconocía y no se reconocía en ese hombre agotado, de labios resecos, ojos enrojecidos y gastados, las ojeras, las arrugas que acompañaban sus gestos.
Quisiera ser otra cosa, quisiera haber tenido otra vida, se dijo en silencio, y no esa vida errabunda que hacía que ningún lugar fuera su hogar, ni el mismo fuego calentara siempre su cuerpo.
Mirando el río, se preguntó cómo sería ser el río y que él le mirara. ¿Qué miraría? ¿Un hombre? ¿Un animal? ¿Se condolería de él?
Pensó que muchos pueblos, muchos hombres se habrán mirado en la vera de este río. Pueblos que probablemente hoy no existían. Animales, cómo olvidarlos, manadas completas bebiendo de este río, que no volverían a caminar por su cauce estrecho, casi amigo.
Se dijo si él no era como el río, en cierta forma. Él también miró rostros que no volvería a ver jamás. Ciudades por las que no entraría nunca más.
Pero no, era demasiado amable con él. Él nunca había tenido su paciencia, su sabiduría. Él nunca había dado de sí a cualquiera que quisiera tomar de él, como lo hacía el río, que no distinguía entre buenos y malos, o entre justos e injustos.
Todo con lo que él se había relacionado, había dejado rastros en él, cicatrices, desde cosas hasta personas. Pero el río había sido hollado en su interior cientos, miles de veces, habían circulado navíos por él en algún tiempo, y de nada él retenía algo; todo surco, todo reflejo, toda pisada, inmediatamente era barrido, como si nunca hubiera existido.
Él había dejado crecer en su interior amores y rencores, odios y sentimientos de piedad. Nada le había sido indiferente, y ahora recién entendía que atarse a personas y cosas era lo que había desgraciado su vida. Había querido ser alguien y era Nadie. Ahora era tiempo también que fuera Nada.
Como él río dejaba pasar todo, él también debía hacer lo mismo. Pasar de su historia, que su historia concluyera. Había hecho lo que había querido, había tomado lo que había deseado, y ahora no tenía cosa alguna. Ni siquiera se tenía a sí mismo.
Pero el río sí se tenía, desde tiempos inmemoriales. Porque no anhelaba nada, ni siquiera a sí mismo. Y entonces podían todos usar y abusar de él como quisieran, pero siempre volvía a ser él mismo. Porque nada era de él, ni él mismo.
El hombre se imaginó que alguna vez este río no estaría, pero eso no cambiaría en esencia lo que él había sido. Porque siendo como era, tan frágil y vulnerable, con esa misma debilidad había hecho surcos en la montaña, horadado las piedras, marcado un surco amplio en el suelo. Y quedar por mucho, mucho tiempo, en la memoria de los hombres, de los animales, de las plantas.
Y se preguntó si podía hacer algo, si podía volverse así, y se dijo que no, porque cada uno debe encontrar en sí la manera de despojarse de las cosas que le atan al mundo. Y con un ataque de furia, se quitó la ropa, se desnudó, quedó sin nada a los ojos del río.
Le miró por largo rato, hasta que el río, con paciencia y con amor, que él no entendió en su momento pero supo cuando se sintió libre por primera vez en su vida, hizo que sus aguas se llevaran sus rencores, sus odios, sus amores, sus anhelos, sus esperanzas, sus sueños, sus frustraciones. Nada estaba ahora. Nada de eso importaba en este momento, sino lo que él era ahora.
Y lloró, lloró como un niño, mezcla de impotencia y felicidad, impotencia por no haber sabido esto antes, felicidad por al fin encontrarse. Y cuando llegó la noche, se tiró sobre la tierra, sobre el pasto que crecía sobre ella, que le servía de mullido colchón, y entregó su ser al río, para que se despojase de él, para que su última atadura con el mundo se rompiese y él al fin fuera uno en sí mismo, consigo mismo.
viernes, febrero 06, 2009
EL SHALAD - Visiones del futuro
Mezcla de sueños con ideas preexistentes... Ganas de escribir sobre algo, y salió esto, que no era lo deseado. Delirio, esperemos... Y el mito de El-Shalad, que sigue vigente en mis ideas, aunque es la primera vez desde hace años que escribo algo tan largo que le implique
Aunque soy El-Shalad, no siempre sé usar mis poderes. O no tienen la fuerza que se necesita. Porque estoy demasiado agobiado por el dolor, que me inmoviliza. Mis pensamientos se trastocan. Pero a veces sí puedo usarlos a discreción.
En este caso y por alguna razón, estoy en el año 2020. El mundo no es lo que era. Argentina tampoco. En el 2009 hubo graves enfrentamientos en toda la región pampeana del país, la más rica en términos de producción y consumo, por situaciones de pobreza extremas, alentadas por algunos de los caciques que siempre están al borde de la ley y que han estado siempre detrás de todos los hechos delictivos, amparados en los cargos para los cuales habían sido elegidos. Bueno, les fue mal, porque muchos políticos y empresarios fueron cazados como ratas y los masacraron, o les prendieron fuego cual si quemaran a una bruja. Esa rebelión sentó precedente, y pronto todo el país estuvo en llamas, y lo mismo algunos de nuestros países vecinos más pobres.
La manera de conducirse es como si fueran tribus, y hay ciertas leyes precarias. De algún modo, pudiendo haber impedido todo, he mirado al futuro, porque en mi mente puedo unir todos los hechos de todos los destinos individuales y colectivos y darles un correlato en el tiempo venidero, y he entendido que dejando que estas cosas pasaran era el único modo que este lugar obtuviera algún tipo de paz, que alcanzara una cierta equidad el país, quienes lo habitan.
Pero no hubiera pasado si en el 2011 no se hubiera desatado una confrontación mundial. Sea por lo que fuera -porque en el tiempo que sucedan, nadie debe saber cuáles son los hechos que desencadenan el horror, y aunque yo lo haya visto, no lo diré- lo cierto es que las grandes potencias del primer mundo y otras del tercer mundo, entran en una guerra que deja varios miles de millones de muertos. Y los líderes mundiales son acribillados. Vastas zonas de Europa, América del Norte, Brasil, Asia, están arrasadas, tierras devastadas por radiación, polvo que son restos de cadáveres humeantes.
Voy a una especie de refugio que construí bajo tierra. Podría haberla creado en el espacio, en la luna, en un planeta ubicado a millones de años luz de la Tierra, pero no quería que algunos de ellos supieran quién soy. En España, en Italia, en Rusia, porque conocía a chicos de la facultad que habían vuelto a su país cuando estalló la guerra, les hice una especie de cámara estratosférica pero bajo tierra, con aire natural, que creo limpiándola de los restos de radiación que vuelan por la atmósfera y la envaso en tubos para que piensen que provienen de una fábrica de garrafas de aire abandonadas. Tienen habitaciones, sus comodidades, me preguntan cuando podrán salir a la superficie, y les digo que es muy pronto. Podría limpiar toda la tierra, borrar los restos de radiación convirtiéndolas en gotas de lluvia, o atraparla en un manto y mandarla al corazón del sol -donde hace años me había querido suicidar, pero comprobé que no hay nada en el Universo que pueda matarme, tal es mi condena, el no poder morir y ser semitodopoderoso-, pero no lo hago, porque este tiempo será necesario para que ciertos espíritus sean templados.
A veces cuando todos duermen, despierto al o a la único y única que saben mi secreto, y que aunque podría fácilmente borrar de sus memorias todo registro de mí, no lo hago, pues aunque su tiempo en la tierra es ínfimo comparado con el que tendré y ya tuve yo, saber que alguien de alguna manera entiende mi dolor, conoce de él, comprende lo terrible de tener que alimentarme del dolor del universo, de las cosas, de los seres vivientes -y como eso es un proceso que jamás termina, mi fuerza vital alcanza a regiones del universo que muchos ni sueñan con su existencia, y hay veces que tanto dolor acumulado me funde en una tristeza infinita y quisiera acabar el universo-, digo, estas personas son las que me ayudan a mantener la cordura, lo que sea que en mí habite y sea más cercano a la cordura.
Decía que estas personitas a veces salen conmigo, y vamos flotando como adentro de una burbuja detrás de la cual somos invisibles para personas y cosas, y me preguntan cosas, desde cómo estoy a cómo será todo. O cómo ha sido el mundo primitivo. O qué razas extraterrestres existen. “Sólo trece”, les digo, que son las que alcancé a contar. A alguna de ellas le he contado que forzar demasiado mi conocimiento puede transformarme en alguien que he sido y no quiero jamás volver a ser, razón por la cual Dios me anuló y me hizo nacer de nuevo en un cuerpo humano y que crecía y podía morir como humano.
- Espera -suelo decir. Y les hago viajar -a quienes quieren avizorar el porvenir, y he antevisto que dicha visión no alterará mayormente el desarrollo de la humanidad- a un futuro en el año 3000, donde la humanidad luce esplendorosa, aunque no hay desarrollos iguales, porque una parte de la humanidad ha privilegiado la hipertecnología y entonces uno se mueve en un mundo donde lo digital es a su civilización, como la escritura en piedra lo es para nosotros, con las tecnologías de la actualidad.
Y otra parte de la civilización vive en la naturaleza total, donde la misma arquitectura imita o aprovecha la vegetación que se ha desarrollado sobre el suelo que era virgen en cuestión de contaminación radiactiva, y donde como norma principal, la agresión a cualquier ser vivo es sinónimo de condena inmediata. Usualmente el mismo agresor, al darse cuenta del mal cometido, quiere morir, pero las condenas suelen ser a vivir para que se repare el daño cometido contra el ser vivo en cuestión.
En el futuro se enfrentan, yo ya lo he visto, y obviamente, los que tienen mejores armas, ganan. Y esos que han vivido en la completa naturaleza, han aprendido más cosas del interior del hombre de lo que la otra civilización con sus análisis en sus nanomicroscopios. Y no es que tengan poderes, sino que han aprendido las energías que mueven al hombre y mueven al mundo -cosa que sólo veo actualmente en ciertas culturas asiáticas- y si con quienes están dentro de su civilización son complacientes, con sus vecinos no lo son, porque han aprendido que a los hombres que quieren tomar las cosas por la fuerza, sólo pueden ser detenidos por otra mayor, y los exterminan, y cuando acaban con las tropas de elite y sus superarmas, van a sus ciudades y se aseguran de que no quede un solo humano vivo en sus ciudades, de modo que al cabo de unos cien años, esas portentosas ciudades están cubiertas de moho, los cauces de los antiguos ríos derribaron caminos, puentes, edificios inteligentes, ahogaron computadoras, y el verde es parte esencial del paisaje, aunque recień en quinientos años no quedará resto visible de esta parte del planeta.
Pero eso no le digo a estas personas, especialmente a una, porque la conozco y sé que se pondrá muy triste, y entonces solo le digo lo bueno, que alguna vez podrá ver salir el sol por el horizonte y que su rostro será un poco menos pálido, como una broma. Y ella me abraza y me dice que quisiera poder quitarme ese dolor que me consume y me alimenta, pero yo le digo que las cosas están bien así, porque realmente quiero padecer esto yo antes que aquellos a quienes amé y amo y amaré.
Y es después de esto que mi tristeza es mayor, porque siento injusto ser quien soy, un delicado equilibrio puesto por Dios por alguna razón, que yo usualmente veo como una condena, y me voy a alguna galaxia deshabitada, y allí lloro por horas, en la más perfecta soledad que pueda imaginar. A veces me pregunto qué hubiera sido de mí si no me hubiera suicidado, si ese acto que pretendía que fuera el último y que terminó resultando en la puerta abierta para una vida inmortal y terrible, no hubiese sucedido.
No puedo saberlo, obvio. Pasó cuando tenía que pasar, o adonde mi tristeza y mi pena me llevaron, alguien que siempre trató de hacer el bien pero era vejado por todos los que conocía, desde sus padres hasta sus maestros hasta sus supuestos amigos. Salvo unos pocos, pero que no dejaba acercar porque desconfiaba de ellos como el perro luego de recibir una tunda con un garrote, desconfía de todo lo que asuma forma de palo, así sea la pata de una mesa de madera.
Y usualmente, vaya paradoja, concluyo que es bueno que en el fondo, mi soledad sea tan terrible que estos lugares donde los seres vivos más cercanos no llegarían ni en mil vidas a posar sus pies en él, verdaderos páramos, fácilmente comparable con lo que parte de la Tierra es ahora, a mí me parezcan un vergel, un lugar donde estar a gusto conmigo mismo, luego de un tiempo.
Porque esa misma soledad me aleja de los seres humanos. Aquello que yo en parte soy y he sido en forma total. Porque ¿qué tal si la excesiva compañía resultara en una decepción de muerte? ¿Si en un segundo decidiera acabar con toda la vida en el planeta? Ya Dios me había parado, como dije, pero ¿lo haría nuevamente? Mejor el padecer este no encuentro con todos, esta casi obligación de encerrarme en mí mismo, porque mi poder puede ser incontrolable. Alguna vez lo fue. Y lo peor es que aún no he aprendido a transformar ese dolor que me alimenta en algo positivo.
Mientras aprendo cómo hacerlo, un planeta sin oxígeno ni atmósfera es un lugar ideal para estar, dado que creo una burbuja de aire que me alimenta continuamente, metido en ella. Y así los días pasan, y la vida transcurre, en otro lado, pero transcurre. Y mis amigos, o esa gente que amo, está bien. Y de alguna manera patética y desencantada, alcanza para hacerme levemente feliz.
sábado, enero 24, 2009
LO QUE SE ESCONDE BAJO TU PIEL BAJO TU ARMADURA
Como todas las noches, se quitó su armadura. Un brillo rojo metálico partía de sus ojos.
También, como todas las noches, se quitó su piel. Le molestaba. Odiaba profundamente a los humanos y le daba asco esconderse como uno de ellos. Como una de ellos, mejor dicho.
Todos los días se vestía con esa piel horrible, con la piel de esa chica a la que había absorbido por completo, y cuyos restos de huesos y vísceras había tirado a una laguna cercana.
Lo que él era (si ese monstruo era un “él”) provenía de una raza casi extinguida hace tiempo. Él era el último de una raza que aterrorizó a hombres y animales durante tiempos inmemoriales, hasta que los cazadores surgidos de las entrañas de los Poderes Superiores acabaron con ellos, junto con otros demonios, mucho más terribles pero cuyos cuerpos no pertenecían a este mundo, y que fueron más fáciles de expulsar.
Pero estos eran seres que habían nacido de extrañas uniones de seres semihumanos, surgidos de las pestilencias terribles que alberga la tierra en sus túneles subterráneos, y cuyas salidas son algunas lagunas negras ignoradas dentro de esas selvas aún vírgenes de presencia humana en el planeta, de pieles oscuras y textura como de cucarachas, que segregaban un líquido negro que olía a fango y muerte, y cuyos ojos se habían vuelto rojos como reacción a la clorofila que componía una porción de su alimento.
Odiaban la luz. Y odiaban a los hombres, porque éstos habían arrasado muchos de los bosques donde ellos depredaban a voluntad, donde muchos aguerridos y valientes y curtidos guerreros no se animaban a pisar, en que tanto mujeres como niños eran su almuerzo preferido, y donde algunos otros hombres hasta entregaban a los más indefensos entre ellos como tributo para que no entraran en sus aldeas.
Pero eso se había acabado, su tiempo había pasado. Él sobrevivía escondido entre la humanidad, metido en la piel de una joven que aparentaba ser una dulce y simpática muchacha más.
Sin embargo, un miedo le llenaba ahora. Había sido descubierto. Como una de las actividades de la joven era entrar a internet a El Sitio, allí se comunicaba con los amigos de la chica. Debía aparentar, parecer que era quién no era. Pero alguien, que ni siquiera la conocía, sabía que algo más se escondía bajo su piel. En realidad, él había jugado con su apariencia y había escrito acerca de las armaduras que se ponía. Siglos atrás, los hombres pensaban que esa piel viscosa, horrible, rugosa, negra, era una armadura.
Jamás hubieran imaginado que era su piel, salvo cuando poseyeron suficientes armas para ir en caza de ellos, y no solamente incendiar bosques, como hicieron los humanos primitivos en Europa para matarlos. No era efectiva esta técnica, pues si bien muchos morían, otros muchos se escapaban por los túneles que estaban en las paredes laterales de los pantanos inmundos de los que ellos surgían, y donde se tiraban a descansar unas pocas horas al mediodía. Y volvían en medio de la noche con más hambre del que ya era habitual en ellos, producto de la sed de venganza que albergaban en sí.
Cuando llegaron las matanzas de los hombres, fue cuando empezaron a cazar a algunos para quedarse con su piel y meterse dentro de ellos, usarlos como cáscaras. Aprendieron las lenguas de los hombres. Pero nunca fue realmente efectivo, porque los amigos y familiares de las víctimas, salvo que mataran a todos los que conocían a las víctimas y las reemplazasen en su totalidad, siempre descubrían algo que no cuadraba. Aprendieron a emigrar, pero las matanzas que ocasionaban hacían que en algún momento alguien los descubriera. Entonces aprendieron a controlar sus instintos. Durante siglos, muchos aprendieron a ocultarse tratando de alimentarse lo mínimo. Aún asi, no faltaba quién, de modo sospechoso, que sembraba miedo en sus corazones, y empezaba una cacería feroz y el resultado siempre era la muerte, como si supieran quiénes eran ellos.
Él, sin embargo, había sobrevivido. Cambiaba de piel cada cierta cantidad de años, y siempre buscaba zonas no muy pobladas. Y no cazaba en el pueblo donde habitaba, sino que se iba lejos, a otros pueblos de los alrededores, a lugares más despoblados, y allí descargaba todo su instinto asesino. Y así sobrevivió por los últimos dos siglos, cuando registró que era el último de su especie. Y él pensaba que vivir para siempre no era una utopía y se sentía orgulloso de engañar durante tanto tiempo a los hombres, y de que tal vez les sobreviviera.
Pero este disfraz no era efectivo, ya no. Alguien, del otro lado del océano, había adivinado la terrible verdad. Y le vigilaba. Y se lo hacía sentir. Y el miedo que desde hace 800 años era parte de la vida cotidiana de los suyos, se instaló en él. Y no dormía ni descansaba bien. En esa especie de sueños que tenía, se imaginaba a veces con una lanza atravesándole el pecho. A veces un hombre de larga cabellera venía con una espada y le cortaba en pedazos. A veces una mujer de largos cabellos sacaba una katana y le descuartizaba, preguntando donde estaba su hija.
Y con todo, esos sueños no le aterraban tanto como las suaves conversaciones de ese usuario del otro lado del mundo. Le sentía mirarle e intuirle a pesar de la imposibilidad de que pudiera saber algo de él a través de una simple conexión electrónica.
Pero así pasaba, y por las noches, cuando iba de cacería de humanos, pensaba en si no hubiera sido mejor morir con sus compañeros, no haber escapado mientras masacraban a quienes habían compartido sus dichas y desdichas con él por siglos. Esa actitud cobarde era la que hacía que ahora viviera como el monstruo que era, oculto, usando la piel de una pobre e inocente niña que nada supo de por qué ese ser horrible se había ensañado con ella. Él no se arrepentía de nada, obviamente, y no llegaba a entender que lo que se siembra se cosecha, y que su fin no era más que un acto de justicia final, por todo el terror y la injusticia que sembró a lo largo de su repugnante existencia.
PD: Dy... ¿creés que a mi dulce hermanita le va a gustar este cuentito dedicado a ella o me va a zampar un zapatazo por la cabeza?
martes, enero 06, 2009
EL HOMBRE LIBRE
Fue por obra de la casualidad. Estaba enfrentando al poderoso Hombre Magnético, y cuando la atacó con fuerza para deshacerle de todas sus armas, sin querer, arrancó de su epidermis el metálico sensor que le unía con la Hermandad de los Corregidores.
Aunque si bien no era tan poderoso como su enemigo, aún poseía el Aura, una manifestación energética de su ser que los Hermanos le habían enseñado a usar. Parado frente al Hombre Magnético, y mientras éste se preparaba para matarle luego de una larga lucha, se sentó y se concentró y dejó que su fuerza se alimentara de todo el odio y la rabia de su oponente. “No hay mejor arma ni mayor fuerza contra un enemigo que las de ese mismo adversario, si las sabes emplear”, fue uno de las primeras enseñanzas que le impartieron luego de convertirse en un Iniciado. Había cumplimentado con los Siete Ritos, había bebido su propia sangre y se sabía un Puro.
Y lo sabía, y sabía que si conseguía serenarse, aún mientras el Hombre Magnético descargaba todo su poder sobre él, casi no había nada imposible para él. Con que cerró los ojos, y mientras sentía el azote de los objetos sobre su cuerpo, horadando su piel, atravesando sus entrañas, en un momento alcanzó el éxtasis. Y sus ojos brillaron, con el color cálido del sol, y toda la energía que descargaba el Hombre Magnético sobre él, le alimentó, y levitó, tanto poder absorbió, y lanzó una carcajada fuerte, y rió como un idiota, y fijó sus ojos en el interior de su enemigo, y le absorbió su esencia, toda la que pudo, toda la que él con su odio y su rabia y su frustración, dejaba fluir a través del despliegue de su poder, y cuando la fuerza vital que le sostenía con vida llegó a un nivel mínimo, sus ojos se secaron, temblaron sus rodillas, su cuerpo tuvo espasmos, y cayó pesadamente al suelo. Siguió con los espasmos un momento más, sin entender qué había pasado, hasta que murió.
Finalmente se acercó al cadáver de su enemigo. Le miraba como si lo que él hizo lo hubiera hecho otro, pero no, ahí estaba su obra. Y algo que al principio le pareció terrible: junto con el poder que había absorbido, parte de sus ideas, pensamientos, sensaciones, habían pasado a él. Si fácilmente había dejado fluir todo el poder que no era suyo, no pudo hacer lo mismo con lo que le había llegado a su mente. Y una idea le carcomía su pensamiento:
— Soy un asesino. Soy un asesino. Soy un asesino.
Encontró finalmente su sensor. ¿Qué hacer? Ahora era libre, ahora podría ir donde quisiera y los Hermanos no le encontrarían, o al menos, les resultaría más laborioso. Pero algo le decía que aún no era el momento de hacerlo.
— Continuaré con el juego un tiempo más. O puedo liberarme ahora. Pero la Hermandad me ha hecho un asesino, cosa contra la cual mi ser se rebela. La Hermandad hace que los hombres se maten entre los hombres. La Hermandad está mal. La Hermandad es El Enemigo. La Hermandad debe desaparecer.
Y tomada su decisión, tomó el chip localizador y cortando un pedazo de piel del Hombre Magnético, lo colocó sobre él y automáticamente el sensor se aferró a ella como una garrapata.
Luego tomó un papel de algún diario que estaba tirado en la calle, envolvió el pedazo de piel seco en él, se hizo un tajo en la piel, y colocó el sensor bajo la epidermis. Tomó uno de esas maravillas médicas que era el poxi y se colocó una gota sobre su brazo. Inmediatamente, la piel se cerró.
— Ahora no estará pegado a mí y podré sacármela en cuanto quiera. Así, iré donde la Hermandad no quiera que vaya, investigaré en la oscuridad, seré la pesadilla que ella siempre temió que despertara. Y me volveré realidad, y ese será su fin. Y entonces, la libertad de que ahora dispongo, será de todos los hombres.
Y tomando un poco de aire, concluyó:
— Esa será mi misión ahora. Ese será el sino que me impondré. Esa luz rectora me guiará. Mi vida estará entregada a cumplir esa tarea, la de derribar al opresor. Y cuando se haya cumplido mi misión, podré purgar esta, y las siguientes muertes, que mi accionar ocasione. Pero la Hermandad debe desaparecer, y para eso no deberán omitirse sacrificios, incluso mi propia vida en el camino si es necesario, siempre que el fin de la Hermandad sea tan claro como este amanecer que ahora me baña.
Y contemplando el sol que en empezaba a lanzar sus brillantes rayos sobre el cielo de una ciudad contaminada, sobrepasando su luz las partículas de deshechos que flotaban en la atmósfera, dando un tono rojo a los edificios que se veían en el horizonte, dio media vuelta y con paso firme, ahora sabía por qué y para qué vivía. Era un Hombre Libre, el primero en milenios. Y no era mucho, pero pronto sería más, incluso de lo que él mismo podía llegar a imaginar.
Continuará...
PD: Me voy a terminar aficionando a esto de escribir inicios de relatos y no terminarlos, je
domingo, diciembre 07, 2008
DECISIONES
I
El hombre se paró y miró el camino.
La mujer le miró y se acercó.
- Estás en busca de algo -le dijo.
Él asintió.
- ¿Qué?
Metió sus manos en los bolsillos de su gabardina y dijo:
- No qué, quién. Vengo buscando una persona. Una persona que sea capaz de llevar su corazón a la vista de todos, aunque no lo crea posible. Una persona que tal vez sufrirá más de lo que será feliz, pero su recompensa será que, mientras más sufra su corazón, menos sufrirán quienes ella conozca. Esa misión es dura, y no será para cualquiera, porque es un camino de espinas, así que ¿quién tomará ese desafío?
La joven dijo sin titubear:
- ¡Aquí estoy! Envíame donde quieras.
El hombre la miró, y asintió ante su ofrecimiento con amor y tristeza, porque sabía lo que le aguardaba. Pero hasta que todos no entendieran que eran responsables de lo que les sucede a sus compañeros de ruta, había que buscar estas personas especiales para que mostraran la vía a seguir.
II
El joven tomaba su café mientras leía el diario. Un momento de descanso ante su tarea.
En eso entró ella, que le vio y le vino a saludar. "Cuánto amo a esta mujer", se dijo él, y no quiso pensar en lo imposible de una relación entre ambos. Con los ojos la acompañó mientras ella se dirigía a una mesa para sentarse a estudiar.
Meditó en las sensaciones que le despertaba. La veía pura, más pura que muchos de los hombres (varones y mujeres) que se creían puros. Era alta, más alta que él, bellísima, o él la veía más bella y más alta por eso que intuía y estaba seguro que habitaba en ella. Abocado en este pensamiento, no se percató de que justo en ese momento, el vicedecano entró en el buffet y lanzó unas bolas que fueron a cada uno de los que se encontraban ahí.
Él entendió, entonces. No sólo tenía malos presentimientos contra este hombre: ahora veía que en verdad, escondía un demonio, su cuerpo era la fachada de un ente maligno. Y también reconoció esas bolas: sin dudas, algún sortilegio poderoso había sido lanzado en algún lugar del mundo, porque esas bolas metálicas capturaban el alma de quienes las tocaban. La mayoría, curiosos, tomaron las bolas que llegaron a sus pies, y enseguida sus almas fueron atrapadas dentro de la esfera.
El joven no miró la que fue para él. Vio, por el contrario, la que iba a la joven que le gustaba a él. Y como nunca, se movió rápidamente. Tomó su esfera, que sabía que no podía afectarlo, y tomó la que iba a ella. Lo hizo sin pensar, pero si hubiera pensado hubiera hecho exactamente lo mismo.
El poder de una esfera podía resistirlo, dos, era su muerte. Cayó a las pies de la joven, que no entendía lo que pasaba pero que, viendo que los que estaban a su alrededor caían al suelo con los ojos vacíos, sabía que él la había salvado de algo peligroso.
Ella no le amaba a él como él la amaba a ella, pero le quería verdaderamente, y se arrodilló y le alzó levemente y le puso su cabeza sobre su rodilla, mientras veía que se le iba la vida.
Pero él sabía algo. Al tomar no sólo su esfera sino la de ella (y parte de ser inmune a su embrujo era saber que él había tomado dos voluntariamente), la había librado de una vez y para siempre de toda influencia demoníaca, porque alguien había dado su vida por salvarla de la influencia del Mal.
Y la miró a los ojos, a esos ojos marrones de los que estaba enamorado, de ese pelo que caía por su rostro y que tantas veces quiso acariciar, a ese llanto que surgía en ella, y supo que ella era una más que digna sucesora de él. Porque nadie podía haberlo sido mejor que ella, y entonces ella era una de las Elegidas. El Mal se había liberado, comenzaba un momento oscuro en la Humanidad, pero ella tenía la fortaleza y la pureza para hacer lo que tenía que hacer. Sabía lo que tenía que hacer, entonces, y aún con algo de tristeza en
Ella mientras tanto, lloraba sin entender qué le había pasado, mientras el vicedecano recogía las esferas con furia rabiosa y previendo un Reino Demoníaco que apagaría los últimos estertores de salvación para los hombres.
- L., no te mueras... Me salvaste, aunque no sé de qué... pero no te mueres, explícame antes que...
Él le tomó las manos y le dijo con esfuerzo y voz temblorosa:
- V., confía... en mí, como... yo, desde hace dos años, confié siempre en ti. A... ahora... te daré un don, y entenderás... todo, y sabrás... qué... hacer... -y oprimió las manos de ella con la suya, y le regaló su Don.
Ella entonces vio una batalla de milenios, desde los primeros hombres que surgieron en la tierra, hasta la actualidad. Vio los rostros verdaderos de los demonios, vio peleas en el Inframundo y en el Supramundo, las que se desarrollaban en la Tierra, vio las que estaban ocurriendo en ese momento, y entendió a qué venían esos sueños extraños, y de algún modo, vio que su encuentro con L. no fue casualidad, y que de un modo u otro... ella debía ser quién debía ser.
En cuanto su visión acabó (vio miles de cosas en segundos) depositó la cabeza de L., que ya estaba muerto, en el suelo. V. se levantó, con una energía nueva, y miró al Vicedecano, que apenas le había prestado atención, abocado como estaba a recoger las almas de los demás.
- Oh, la perra por la que ese imbécil dio la vida, se ha levantado. ¿Estás indignada? No te preocupes, en breve pasará tu indignación, en breve morirás -y se levantó para matarla.
Pero ella se irguió cuán larga era, como una guerrera legendaria, y si L. la hubiera visto hubiera comprobado que en verdad era hermosa. Y en sus ojos marrones ahora había dolor y furia, y de sus manos una chispa de energía surgió:
- No, Maldito entre los Malditos. Tú morirás.
Y aunque el Vicedecano intentó atacarla, ella hizo surgir una luz poderosa de la nada, y el demonio cayó fulminado a sus pies.
Tomó a L. y lo sepultó en un campo consagrado por los Antiguos. No quería que ningún demonio ni humano mancillara su cuerpo. Ahora ella tenía una tarea, y aunque sabía que probablemente su labor sería pagada con la muerte, no tenía miedo. Ésto era ella, una Guerrera, y cumpliría con quién era aunque le costara lo que le tuviera que costar.
miércoles, febrero 20, 2008
CIUDAD ARRASADA
Tuve una serie de días bastante agitados, laboralmente, en la facultad, y ahora se agregaron en casa. Bueno, o escribo algo, o exploto.
Algo que sale como usualmente sale casi todo lo que escribo, de un tirón, sin repetir, sin soplar, y sin tener idea de qué escribir, jajajaja...
Saludos a todos :)
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- No hay nada.
- Uf. ¿Tan rápido?
- Suele pasar.
Damián era difícil de convencer, y ya estaba cansada. Me dolía la espalda y me sentía aturdida. El humo del incendio casi me había sofocado y ahora, veinticuatro horas después, aún me ahogaba cuando hacía mucho esfuerzo.
- No estoy tan convencido de que no haya nada.
Damián bajó al pozo y hurgó un poco entre los escombros. Al rato, dijo con voz fuerte:
- Mirá. Una piel de demonio. Han estado acá.
A mí me dio mucha extrañeza, a decir verdad.
- ¿Una piel de demonio? ¿Pudo atravesar la barrera mística?
- A lo mejor no fue él. A lo mejor fue un humano colaboracionista. Son los que intentan sobrevivir en este mundo, y entregan a los de su especie para sobrevivir.
Pensé un rato y me pregunté si no sería el joven que vino a traerme la leche en la mañana. Fue el único humano, aparte de Damián, que entró en la casa. Pero parecía tan inocente... Bueno, su rostro, el rostro de cualquiera, siempre me confunde. ¡Soy tan confiada! Pero bueno, nací así y así voy a morir.
Pero últimamente, una duda mayor me asaltaba. ¿Y si era Damián? Él me había salvado, sin él sé que no estaría viva, pero tenía esos poderes tan extraños. Es cierto, algo se quebró en el equilibrio del mundo, y quién más, quién menos, todos los humanos desarrollamos algún poder latente u otorgado por algún ser superior.
Pero era raro, y para mí, novedoso, el número de poderes, y la calidad de los mismos. Es cierto, conocí a alguno que tenía dos, y alguno más raro con tres poderes, pero muchos de ellos eran puramente mentales (telepatía, telequinesis en grado 1 o 2, cierto poder de persuasión) pero él podía saltar a grandes alturas casi como levitando, porque tenía una fuerza casi normal, y podía penetrar en las mentes de los demonios, y matarlos si cuando los tocaba lograba emitir una extraña luz roja de sus manos.
Quizá tenía más, quizá escondía algo, pero ningún otro humano conocido podía matar demonios. Y, sinceramente, tal vez estoy equivocada, pero creo, razono a veces, me cuestiono a veces, mejor, que sólo uno de los suyos podría hacerlo. Como que los iguales se matan entre los iguales. El resto... a veces podemos herirlos, con grandes maquinarias podemos aplastarlos y desmenuzarlos, pero lo más efectivo son las fórmulas místicas, lo que hemos aprendido de las Crónicas de la Primera Invasión, las medidas efectivas que lograron expulsar a los demonios de este planeta hace miles de años, cuando esto era suyo, suyo como territorio conquistado, digo, pero una raza inferior pero en contacto con seres superiores, aprendieron una serie de conjuros y fueron provistos de armas mágicas para asesinar demonios y cerrar las compuertas de su mundo a éste. En esa época, algunos dejaron escritos en tablillas y en pergaminos, en lenguas ya olvidadas, con símbolos, algunos complejos, algunos fácilmente reconocibles, que fueron traducidos por sacerdotes cisterpinos y bataclanes en el año 800 D.C.
Bueno, aquí es donde mi razonamiento (porque de tanto pensar, una misma se da cuenta de las cosas raras que piensa) si hicimos juntos un conjuro antidemonios, él, si lo fuera, no podría entrar ni pasar. Bueno, no era demonio. ¿Qué era? Con todo esto, aún no estaba convencida que era humano.
- Diana. ¿Qué pasó?
Alexia me sorprendió mientras miraba adentro. Alexia era tal vez la persona que más amaba, luego de mi hija. Nos dimos un largo beso y nos abrazamos también un largo rato. Ella me contenía cuando creía caer. Y me amaba como nunca otra mujer me había amado.
- Un incendio, parece, provocado como reacción a la presencia de un demonio. Con Damián hicimos un conjuro de fuego, por si un demonio lograba pasar la protección externa. Y ahora encontró piel de demonio entre el fuego. Increíble que lo que sea su hábitat natural los mate.
Alexia me tomó de la cara y me dijo que no me preocupara. Que por lo menos, mi hija y yo estábamos bien. Y eso también debo agradecérselo a Damián, dado que yo estaba en una misión cuando ocurrió el incendio. En cuanto sentí el llamado mental de mi hija, me teletransporté a la casa, pero no estaba preparada para aparecer en medio de un incendio voraz, y quise tomar a mi hija y salir, pero el calor, el humo, las llamas, me ahogaron, y casi me desmayé. Allí Damián apareció, y sabiendo que no podía salvar a las dos a la vez, tomó a mi hija, que es chica, y saltando por la ventana, logró ponerla a salvo. A mí, tuvo que entrar y sacarme por la escalera, dado que aunque soy delgada, como dije, él tiene una fuerza normal y no podía jugarse a tirarse desde tan alto al suelo sin que me pasara algo.
Pero bueno, a pesar de todo, pudo sacarme, y salvar a mi hija. Así que no podía quejarme tanto contra él tampoco. Aunque, ya lo digo, algo no me cierra. Y si algo no me convence, no me convence. Con todo, tenía un problema más próximo. ¿Dónde pararíamos ahora?
Continuará... ;)
martes, febrero 12, 2008
UN DESPERTAR DISTINTO
Este relato fue publicado originalmente para participar de un concurso. Fue acortado, conforme a las reglas del mismo. Aquí va el relato como era originalmente.
Saludos y que anden bien :)
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Esta mañana me desperté y no recordaba dónde estaba. Tal vez... no... A veces me pasa, esta sensación de mirar y no reconocer mi habitación.
Pero hoy era distinto. No sé, me sentía rara. Renovada. O no, peor. Cambiada. Y mis pensamientos, revueltos, confusos. Como si me hubieran borrado la memoria y tuviera en mis manos un secreto que olvidara durante el transcurso de la noche y el sueño.
Cerca de las ocho me llamó Fer, siempre tan atento. Es mi novio, bonito, lindo, pero me tiene podrida. Tan solícito, tan buena gente... Lo quiero, pero me cansa.
Bueno, estaba en que no sabía dónde estaba, y que el llamado me despertó del todo. Ahí supuse que toda esa sensación rara acabaría. Pero cuando colgué el teléfono, vi que un hilillo de sangre corría por mi brazo.
Me asusté, me levanté de un salto y corrí a verme en el espejo central del baño. Nunca olvidaré lo que vi. Estaba desnuda, como siempre duermo, pero con la mitad derecha de mi cara y de mi cuerpo despellejados. Podía ver mis huesos bajo los músculos tensos. Y vi también, al girar, las manchas de sangre de mi pierna desollada.
Ante esa visión horrible me desmayé. Cuando desperté, un par de horas después, estaba más desorientada que a la mañana, pero pronto recuperé la conciencia, y con horror me contemplé nuevamente en el espejo. Pero ahora estaba bien, y no podía creerlo, y pensé que todo había sido un sueño, y hubiera sido feliz si no fuera por la pavorosa visión, al mirarme más atentamente, de una casi imperceptible costura en mi frente.
Ahora espero la noche con terror.
miércoles, enero 30, 2008
MIRAR
Pero mirar lo que no es, el ausente tiempo presente, la distorsionada historia que tiñe el dolor, es vestirse con andrajos en la nieve.
Mírate. Tu tiempo es tuyo. Y no hay mayor amor hacia el ido, que las fuerzas gastadas en vivir.
ESTOS DÍAS
Poco queda de vos en mí. Palabras, gestos, olores, todo en recuerdos.
Pocos recuerdan que te fuiste en estos días de enero. Pocos recuerdan tu sonrisa al viento y corriendo palomas en 9 de julio.
Sólo un rastro imborrable en tu mirada que no se va y una Buenos Aires que te revela en un cine en Belgrano y con la noticia de la muerte de un amigo comprando en Casa Núñez.
Pienso todos los días en tomar el teléfono y llamarte y que estés del otro lado, pero esa imposibilidad frustra mi esperanza. Quisiera estar donde estás y no bajo este cielo caluroso que permanece más de lo debido y conocidos que creen que todo es tal cual lo han conocido y nunca han sabido que una mirada desde una estrella es demasiado general que para quién vive en el suelo.
Un regalo que me has hecho y no me animo a abrir, palabras que fueron dichas y otras que no. Para ti, mi recuerdo, mi tiempo, mi amor.
domingo, enero 13, 2008
SER LUZ
- Debes ser luz.
- ¿Yo?
- Debes ser luz.
- ¿Yo? Pero... yo no sé. Soy temeroso, cobarde, y cuando he tenido alguna relevancia, he sido soberbio, engreído, dictatorial.
- Por eso te pido que seas luz.
- Pero... no entiendo. Usualmente, o eso creo, el que es luz está al frente de unas personas, de un pueblo, de una comunidad.
- No. Te pido que seas luz.
- Yo... no entiendo... Explícame...
- Te pido que seas luz, porque en tu vida, en tu inteligencia, te he mostrado cosas, te he revelado cosas, en lo mejor y lo peor de tus elecciones. La luz no da cátedra. La luz no enumera dogmas. La luz está para mostrar, para revelar. La luz hace que lo bello reluzca, y que la ignominia resalte. La luz hace que uno vea bien el suelo donde está pisando, y sepa realmente, y se sepa realmente, de qué lado está.
- Eso que me pides, bien pensado, es terrible, peor aún que despreciarlos, que tratarlos como basura... Me estás pidiendo que les muestre lo que en verdad son.
- Sí y no. Sí en cuanto a que, en cualquier momento, toda persona es lo que es. Eso es invariable. Ahora, cómo son en un momento relativo de su vida, es otro tema. Porque el hombre nunca puede llegar a observar, a contemplar la verdad, dada su finitud, de manera total.
"No te olvides que, si expones algo a una luz fuerte, como te pido que lo hagas, que saques al día lo que se oculta bajo tierra, se presenta la siguiente paradoja: lo que sea, bajo una gran luz, proyecta una gran sombra, prosigue una gran oscuridad en donde ella acaba. Esa oscuridad son muchas cosas que no se sabe, es lo que hizo que una persona tomara la opción que tomó, lo que condujo a una decisión determinada, pero también, lo que hará luego de verse expuesto. Eso nadie lo sabe, eso lo hace cada uno, y en cualquiera está la posibilidad de romper con su pasado, para bien o para mal. Y estas encrucijadas se presentan regularmente.
- Pero no entiendo entonces mi papel... Cualquiera puede hacerlo.
- Ese es el punto. Cualquiera puede hacerlo. Pero no significa que todos tengan los aspectos que se requieren en determinado momento. Nadie es apto para todos los momentos. Usualmente, el que se siente preparado o elegido es el menos apto de todos.
- ¿Entonces?
- Entonces, que esta tarea es sólo tuya. Ningún ángel bajará a hacer lo que tú no hagas hoy. Por eso es importante tu acto hoy, porque tal vez tú tengas tu oportunidad de que mañana alguien te de luz a ti, pero a lo mejor, alguien se irá sin la posibilidad de haber visto lo que tenía que ver. Por eso es valioso tu acto de hoy. Porque es cierto, no te pido dogmas, no te pido creencias, ni religión específica. Te pido confianza y certeza, y que entiendas que quién se apodera de la verdad, necesariamente la deforma. Sólo quién se libera de sí, puede alcanzarla, en lo importante y lo valioso para él, que puede alcanzarla.
- No es del todo claro esto.
- No necesita serlo. No todo tiene un significado en el hoy, pero lo tendrá en el mañana.
- ... ¿Dónde ir?
- Donde el camino te lleve. Ya te dije: confianza...
- ... y certeza. Recuerdo.
- Ya no te pido solo claridad intelectual. Te pido movimiento, acción.
- Nunca fui de mucha acción, sino, más bien, alguien estacionario, que disfruta de un buen libro y un buen fuego, de una buena bebida y una buena comida. No creo estar a la altura de las circunstancias.
- Tal vez no, pero ningún camino se sabe si es o no posible sin intentar transitarlo.
Si todo esto fue un sueño, no lo sé. Estaba tranquilamente en mi oficina, mirando el horizonte. Pero algo en el tono de esa charla me dejaba inquieto. Porque algo había entendido, acerca de muchas cosas, ese día.
Tal vez consciencia social, o real iluminación, no importaba. Salí a la calle, al sonido de los autos, al ronquido de las motos, al grito de diareros. Una amiga me esperaba para un almuerzo y un llamado a mi celular rompió mi meditación callada.
- ¿Sí?
- Pasó... Lo que dijiste que viste, la otra semana, pasó... ¿Qué demonios sos?
Al principio no entendí, pero luego recordé. Y ahí supe que era cierto, que el tiempo de mostrar lo que vi estaba a la vuelta de esquina, y por el bien de todos, debía romper conmigo mismo y salir a la palestra, aunque nada en el cielo, en el aire o en la tierra, y hasta mi misma razón y mi conocimiento de ciertos hechos pasados y por venir, lo considera prudente o tan solo, entendible.
Pero debía hacerlo, aunque eso será parte de otra historia.
sábado, enero 12, 2008
DESPERTANDO A THANATOS
Desde hace tiempo ya (la atmósfera contaminada, el vapor de la calle, este café lleno de olores rancios, me obligan a pensar en algo), me siento como alternando entre dos estados.
Si pudiera trazar una analogía. O algo parecido. Soy como un canario que dejaron con la puerta abierta: dentro, aunque era una prisión, aunque no podía volar libremente, estaba feliz, comía todos los días, tenía horas precisas para despertarme, para dormir, para cantar, para alimentarme.
Bueno, esa prisión, ya no es tal. En cuanto puse la primera patita afuera de mi jaula, mi jaula fue botada y oscilo entre extrañar hondamente esa prisión, y la apatía cotidiana de no saber qué hacer. Como que la libertad absoluta me ha dejado sin ganas de comer, sin felicidad, durmiendo sólo porque es una necesidad fisiológica y no puedo evitarla, despertando pero porque la luz del sol no me deja dormir.
Así vivo, digo. Pero como esa avecilla, aunque lamente no estar más en mi prisión de oro, ya no hay retorno, aunque fuera una nueva jaula nunca sería la misma.
¡Qué demonios!, me digo. Miro a la gente en el café, contemplo la última gota de vodka barato en mi vaso que ahora veo que no era por la bebida precisamente que no se podía ver bien a través de él.
Estoy aburrido, pero aburrido de muerte. No hay nada peor que ver transcurrir los días sin sentido, despertándote porque el dolor de cabeza no te deja dormir más, si no, te hundirías en ese mundo de sueños donde te encuentras feliz, porque fue el único lugar que conociste donde estuviste tan contenido.
Así que, me digo, ¿a qué seguir esperando? ¿Un milagro? Lo siento, no creo. O mejor, creo, pero en lo que creo poco tiene que ver con destinos felices y sí en alguien que se divierte con las marionetas de carne que somos.
A lo mejor, no soy libre. A lo mejor, mi acto está contemplado, predicho. A lo mejor este inmenso acto de rebeldía que estalla en mi interior es tan libre como, tal como es para mí, detener con sólo pensarlo los latidos de mi corazón.
Bueno, no, no seré libre, cumpliré mi destino. Miro la calle. Veo pocas personas, todas envueltas en sus trajes especiales, gente del gobierno. En días así, no se puede salir. A mí, me han encontrado desde anoche, en este pestilente lugar lleno de vagos y borrachos como yo.
Veo tal vez la única flor del lugar, un chico atento, amable, hermoso. Lo sé por el rostro de las mujeres, que lo miran soñando, como yo soñaría con ellas sin tuvieran algo destacable. Ignoro qué hace acá. Hasta a un pelafustán como yo le dice “caballero” con voz firme y cálida. Sí. En medio de mis hedores, de mi somnolencia, de mi lubricidad mirando a una chica de la calle sentada en la mesa frente mío, también dando a la ventana, sé que él debe ser.
De los otros tipejos que me rodean, uno más insignificante que otro, nadie se ocupará. Tal vez hasta me darían las gracias por limpiar un poco de basura de esta ciudad. Lo dijo el intendente: “Los pobres son un estadio apenas superior a la basura, y cuando terminemos con ella, iremos por ellos”. Lo dijo el intendente, y me pregunto si se habrá mirado un poco y se habrá dado cuenta que con esa simple definición, situó a los pobres arriba suyo. Los traidores se traicionan a sí mismos, dijo alguien sabio hace tiempo.
Saco el arma de mi bolsillo del piloto, que parece que se va a romper con el peso pero no. Tengo la imagen en mi cabeza. El arma en mi mano, el chico mirándome con horror, jalo el gatillo, restos de su cerebro en el techo, la otra camar...
“¡No!”
Esa voz me sacude. ¿Quién es? Miro atrás. Una pareja jugando al Tali allí. Ni me había dado cuenta. Discutiendo por el desarrollo de los tiros. Vaya. Uf. Vaya susto. Todavía siento la palpitación. Mi viejo y cansado corazón que se sacude. Mi cuerpo gordo y maltrecho que siente que aguanta mucho menos que hace… demasiado tiempo.
Siento el arma en mi mano. Me había olvidado de ella. ¿Qué estaba por hacer? Justo el joven mozo me mira y me siento abochornado por esa mirada. No. Él no se merece lo que voy a hacer. Alguien sí, el que hizo que esta ciudad fuera un estado anterior al apogeo del nazismo en Alemania. Hasta nuestro intendente lo imita, con ese bigotillo parejito, sus ministros de familia bien, rubia y de ojos claritos, como su viceintendente, bonita, sensible, ultrarreligiosa, dispuesta a enterrar a todo aquél que no acepte la nueva religión, pero no sin antes darle con su miradita gris su bendición, que le da el toque mesiánico a su mensaje.
Hay mucho que hacer afuera, y yo fui de los mejores, antes que cayera. Hay mucho que puedo hacer, dado que ahora nadie me ve, todos me ignoran. ¿Magnicidio? No. Je. Es darle mucha entidad; simplemente, será cumplir con el precepto bíblico, poner el hacha a la raíz del árbol y si tiene frutos de hiel, talarlo y echarlo al fuego.
Extraño, encontrar mi destino me hizo despertarme. Lo siento en mis huesos, en mi piel, en mis músculos. Gordo y viejo, me siento fuerte, ágil. Bueno, siempre lo fui, sólo que lo había olvidado. Cuando me levanto de la mesa, lo hago sin los resoplidos que solía dar. Dejo unos billetes al lado de las servilletas, y salgo por la puerta a grandes pasos. Uno de los guardias en la calle me pregunta donde voy y entonces me da una mascarilla y un tubo de oxígeno.
No sobreviviré a este día, lo sé, pero al menos allanaré el camino para otros. Tal vez lo que venga sea peor, pero entonces se demostrará que la mala semilla está en el corazón de esta ciudad, no en determinadas personas en particular, y de ese destino ni yo ni nadie, salvo ellos, los podrá salvar.
Gracias por leerme. Que tengan ustedes un lindo fin de semana.
lunes, noviembre 05, 2007
EL FANTASMA EN LA NAVE
Miró desde la sala el espacio que se le presentaba con sus millones de ojos palpitantes y pequeños, antiguos, quizá muertos.
Bueno, en algo se parecían a él, pensó. Obviamente, él estaba muerto, y ahora era un fantasma que vagaba por la nave.
Aún le era extraño no cruzarse con otros fantasmas allí, porque muchos habían muerto aquél día que hubo una falla en los conductos de nitrógeno, que alimentaban las cámaras de criogenización, y los conductos de aire fueron inundados de material congelante.
Se miraba a sí mismo, sentado desde hace décadas en el mismo sillón, contemplando sin ver el infinito que le llamó desde siempre. Era extraño verse muerto y que su cuerpo no se hubiera descompuesto. Ironías del destino, que lo que le mató le conservaba en buen estado.
A veces quería limpiarse el rostro de escarcha, sólo para descubrir que ni siquiera una leve brisa podía ocasionar, y entonces se cuestionaba si, alguna vez, ese estado de vigilia inmaterial terminaría.
Mientras visitaba los otros cuartos, pensaba que, tal vez, entre fantasmas, no se veían entre sí. No era un gran consuelo, y tampoco importaba demasiado, al fin y al cabo. Y entonces, no sintiendo hambre ni sueño, ni frío ni calor, volvía al cuarto principal, donde él como comandante, se tomaba un pequeño descanso cuando la muerte se apoderó de la embarcación.
A veces, como ahora, está más sereno, y se piensa a sí mismo, y no entendiéndose, se pregunta: ¿qué pasará si la nave, por alguna razón, desaparece, sea porque la extraña suerte que tuvo este tiempo se acabe, en la que nunca se cruzó con ningún meteorito que le dañara seriamente, en que su rumbo no tuvo por meta ningún planeta, planetoide, luna, estrella u otros cuerpos celestes, o cualquier otro accidente ulterior al que acabó con la vida de todos los tripulantes acaeciera?
Se ve a sí mismo, tratando de imaginarse un mundo donde de golpe, la nave se desintegre, su cuerpo se pierda en la nada o también se vuelva añicos… ¿Qué pasará con él? ¿Qué será de sí? Si su cuerpo queda vagando en el espacio, ¿le seguirá? ¿Se quedará flotando, si no, en medio de la nada?
Quiere saber si él como fantasma será inmortal, o alguna vez su no-sombra pasará de este universo a algún otro.
A veces quiere recordarse en su vida cuando… bueno, cuando estaba vivo. Pero con el tiempo le cuesta más. ¿También los fantasmas sufren problemas de memoria? Ni siquiera recuerda si murió horrorizado o qué. El evento le tomó tan de sorpresa que sospecha que no pensó nada, y por eso su cara como casi a punto de cerrar los ojos, que tampoco le extrañaría demasiado, dado que muchas veces, allí se relajaba tanto que solía quedarse dormido. Sí, a lo mejor eso fue, que le agarró dormitando.
Y así transcurren los días, sin saber él qué es, con todas aquellas personas que sintió importantes definitivamente lejanas, sin razón, sin propósito, sin futuro, rodeado de la nada arriba, de la nada abajo, sin derecha ni izquierda, eternamente solo, infinitamente triste.
Gracias por leerme. Que tengan ustedes una buena semana :)
Bueno, en algo se parecían a él, pensó. Obviamente, él estaba muerto, y ahora era un fantasma que vagaba por la nave.
Aún le era extraño no cruzarse con otros fantasmas allí, porque muchos habían muerto aquél día que hubo una falla en los conductos de nitrógeno, que alimentaban las cámaras de criogenización, y los conductos de aire fueron inundados de material congelante.
Se miraba a sí mismo, sentado desde hace décadas en el mismo sillón, contemplando sin ver el infinito que le llamó desde siempre. Era extraño verse muerto y que su cuerpo no se hubiera descompuesto. Ironías del destino, que lo que le mató le conservaba en buen estado.
A veces quería limpiarse el rostro de escarcha, sólo para descubrir que ni siquiera una leve brisa podía ocasionar, y entonces se cuestionaba si, alguna vez, ese estado de vigilia inmaterial terminaría.
Mientras visitaba los otros cuartos, pensaba que, tal vez, entre fantasmas, no se veían entre sí. No era un gran consuelo, y tampoco importaba demasiado, al fin y al cabo. Y entonces, no sintiendo hambre ni sueño, ni frío ni calor, volvía al cuarto principal, donde él como comandante, se tomaba un pequeño descanso cuando la muerte se apoderó de la embarcación.
A veces, como ahora, está más sereno, y se piensa a sí mismo, y no entendiéndose, se pregunta: ¿qué pasará si la nave, por alguna razón, desaparece, sea porque la extraña suerte que tuvo este tiempo se acabe, en la que nunca se cruzó con ningún meteorito que le dañara seriamente, en que su rumbo no tuvo por meta ningún planeta, planetoide, luna, estrella u otros cuerpos celestes, o cualquier otro accidente ulterior al que acabó con la vida de todos los tripulantes acaeciera?
Se ve a sí mismo, tratando de imaginarse un mundo donde de golpe, la nave se desintegre, su cuerpo se pierda en la nada o también se vuelva añicos… ¿Qué pasará con él? ¿Qué será de sí? Si su cuerpo queda vagando en el espacio, ¿le seguirá? ¿Se quedará flotando, si no, en medio de la nada?
Quiere saber si él como fantasma será inmortal, o alguna vez su no-sombra pasará de este universo a algún otro.
A veces quiere recordarse en su vida cuando… bueno, cuando estaba vivo. Pero con el tiempo le cuesta más. ¿También los fantasmas sufren problemas de memoria? Ni siquiera recuerda si murió horrorizado o qué. El evento le tomó tan de sorpresa que sospecha que no pensó nada, y por eso su cara como casi a punto de cerrar los ojos, que tampoco le extrañaría demasiado, dado que muchas veces, allí se relajaba tanto que solía quedarse dormido. Sí, a lo mejor eso fue, que le agarró dormitando.
Y así transcurren los días, sin saber él qué es, con todas aquellas personas que sintió importantes definitivamente lejanas, sin razón, sin propósito, sin futuro, rodeado de la nada arriba, de la nada abajo, sin derecha ni izquierda, eternamente solo, infinitamente triste.
Gracias por leerme. Que tengan ustedes una buena semana :)
martes, agosto 28, 2007
AMOR ENFERMO
"Give me another word in this world", decía la vieja canción. "Without you, everything in my life vanishes. Give me, give me, give me another word. I love you madly, I love you crazy. Please! Do not conceal your face. Give me, give me, give me another word".
Algo de eso pensaba, en la oscuridad de la noche (o en eso que envuelve a una canción y que le da, a veces, más sentido a ciertas palabras cantadas que simplemente recitadas).
Mi mirada no estaba donde siempre estaba, mirando la nada. No. Te buscaba a vos y a tu sombra, en la oscuridad. Sabía que el mañana sería algo lejano y terrible.
Pocas, pocas veces, nuestro sino tiene sentido para nosotros. Para mí lo tuvo aquella vez. Te buscaba y me decía que probablemente era mejor ese guiño oculto que la sonrisa en plena luz. Y por un momento, sólo por un momento, tuve el coraje suficiente para hacer lo correcto, de dejarte ir, de dejarme ir de vos.
Pero eso duró un instante. Y después, ya no tuve más dudas. Te vi bajo el pórtico decorado con nomeolvides plenos de flores amarillas a los lados, te vi en besos con ese leguleyo vestido con un traje de Gucci que te había conquistado. Te vi subir a su auto, que de un verde tan oscuro parecía negro en la oscuridad, bajo la sombra de un árbol que tapaba la luz del farol de la vereda.
Y luego ya no te vi. Apreté el botón y maldito sea si algún pedacito de vos es mayor a la yema de mi pulgar. Te había dicho, te lo repetí infinidad de veces, que serías mía o de nadie más.
Nadie lamentará tu muerte más que yo. Nadie me maldecirá más de lo que yo me maldigo a mí mismo. Sin embargo, pocas veces me reprocho lo que hice. Me debía esta condena y este sufrimiento de saber que nunca me perdonaré lo que te hice, de arrancarte la vida con violencia y brutalidad.
Pero me habías dejado, por una simple palabra dicha en un momento de las tantas en que la locura y la tristeza y la agonía se apoderaban de mí, cuando estando contigo te sentía tan lejana, no importara aún que estuviéramos haciendo el amor. En los últimos meses, todo semejaba como el sonido del redoblante antes que el pelotón de fusilamiento descargue su artillería sobre mí.
Y lo descargaste. Por una idiotez que dije. Y vos, que decías quererme tanto, amarme tanto, no obraste como tal, te alejaste y me dejaste como si fuera un trapo de piso. Y no podía perdonarte.
Ahora estarás en el infierno, espero. Sola y seca como un árbol en el desierto, si es posible. Y de mi parte, sólo me queda decirte: "Reserváme un lugar, porque allá voy".
Algo de eso pensaba, en la oscuridad de la noche (o en eso que envuelve a una canción y que le da, a veces, más sentido a ciertas palabras cantadas que simplemente recitadas).
Mi mirada no estaba donde siempre estaba, mirando la nada. No. Te buscaba a vos y a tu sombra, en la oscuridad. Sabía que el mañana sería algo lejano y terrible.
Pocas, pocas veces, nuestro sino tiene sentido para nosotros. Para mí lo tuvo aquella vez. Te buscaba y me decía que probablemente era mejor ese guiño oculto que la sonrisa en plena luz. Y por un momento, sólo por un momento, tuve el coraje suficiente para hacer lo correcto, de dejarte ir, de dejarme ir de vos.
Pero eso duró un instante. Y después, ya no tuve más dudas. Te vi bajo el pórtico decorado con nomeolvides plenos de flores amarillas a los lados, te vi en besos con ese leguleyo vestido con un traje de Gucci que te había conquistado. Te vi subir a su auto, que de un verde tan oscuro parecía negro en la oscuridad, bajo la sombra de un árbol que tapaba la luz del farol de la vereda.
Y luego ya no te vi. Apreté el botón y maldito sea si algún pedacito de vos es mayor a la yema de mi pulgar. Te había dicho, te lo repetí infinidad de veces, que serías mía o de nadie más.
Nadie lamentará tu muerte más que yo. Nadie me maldecirá más de lo que yo me maldigo a mí mismo. Sin embargo, pocas veces me reprocho lo que hice. Me debía esta condena y este sufrimiento de saber que nunca me perdonaré lo que te hice, de arrancarte la vida con violencia y brutalidad.
Pero me habías dejado, por una simple palabra dicha en un momento de las tantas en que la locura y la tristeza y la agonía se apoderaban de mí, cuando estando contigo te sentía tan lejana, no importara aún que estuviéramos haciendo el amor. En los últimos meses, todo semejaba como el sonido del redoblante antes que el pelotón de fusilamiento descargue su artillería sobre mí.
Y lo descargaste. Por una idiotez que dije. Y vos, que decías quererme tanto, amarme tanto, no obraste como tal, te alejaste y me dejaste como si fuera un trapo de piso. Y no podía perdonarte.
Ahora estarás en el infierno, espero. Sola y seca como un árbol en el desierto, si es posible. Y de mi parte, sólo me queda decirte: "Reserváme un lugar, porque allá voy".
jueves, agosto 16, 2007
EL POETA Y LA FLOR AZUL
Fue hasta esa vez que no se había dado cuenta. Él, poeta de tanta búsqueda y tanta pena de no encontrar su objeto de búsqueda.
La delicada Flor Azul que entrevió Novalis hace ya varios siglos, estaba allí, en ese cántaro a colores, y con un rostro concreto.
La miró y supo que era ella. Un milagro. Un milagro que le sonreía y le hizo disipar cualquier tipo de dudas. Y le invitó a sentarse. Y a conversar.
Así, con el cántaro dando su pizca de humedad al ambiente, en medio de una plazoleta desierta, con edificios bajos que se veían como quillas de barco desde donde ambos estaban sentados, tejieron su principio, el final de lo anterior.
Con el sol en su ocaso bañando de un cálido color rojizo el gris de las piedras de la calle y los edificios también grises pero más pálidos, dando un tinte lejano a las mejillas de ella y acentuando la paz encontrada por él, el atardecer fue testigo de su primer beso.
Y con este texto me despido por un tiempo. Me voy de vacaciones por unos días, aprovechando feriados y compensaciones por trabajar fines de semana.
Cuídense mucho. Los veo a la vuelta.
lunes, julio 16, 2007
RELATOS BREVES E HIPERBREVES IV
Y éste fue finalmente el elegido... Coincide más con cosas que escribía a los diecisiete años que a esta etapa, pero bueno... ¡todo vuelve, jajaja!
TOMAR CONCIENCIA
Estoy en el cieno. O algo similar. Ha transcurrido tanto tiempo. Recuerdo intentar escapar, al principio, pero el esfuerzo me hundió más, boca abajo como estaba. Yo... Debo… Mi mente debe dejar de lado tantas ideas, de pensar tanto, mejor. No… nada claro sale si pienso demasiado. Estoy… donde estoy, desde… no sé cuando. El acostumbramiento me ha dejado así. Sin respirar, sin vivir. Mis huesos ateridos no dan más. Y… una voz que no es mía. Una voz que no es mía. ¡Una voz que no es mía! Y me dice que lo vuelva a intentar. ¿Planeo quedarme todo lo que me resta de vida así? No. Esa voz… ¡esa voz tiene razón! Mis sueños, mis anhelos, me sigue diciendo, no se concretarán nunca si dejo que un camino equivocado (que tomé con absoluta consciencia) me sepulte para siempre. Y hago el esfuerzo, y siento que el barro sobre mí está seco. Duele al desprenderse de mi epidermis, pero… ¡es como que nuevamente volviera a sentir! Mis dedos se estiran. Me planto sobre mis manos. Flexiono mis brazos. Levanto mi cabeza.
Al fin, tan antiguo, tan nuevo, tan amigo… vuelvo a ver el sol.
Esto es todo por ahora... Si más tarde tengo algo de tiempo para escribir (no para hacer un copiar y pegar, como ahora) levanto una opinión sobre el recital de Flopa al que fui el sábado.
Saludos a todos y gracias por leerme
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